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Vacío de sí, se sumerge en la masa, busca la muchedumbre, su calor, sus desplazamientos [29]. Pero no sólo en el sentido nominal del vocablo, sino también en su significado numérico. Ya hemos hablado del peligro del desarraigo. En la masa, se diluye. Lo que era meramente cantidad -la muchedumbre- se convierte ahora en una determinación cualitativa. Ahora se adelanta, es el personaje privilegiado, Ya no hay protagonistas, sólo hay coro.

Mas todo ello es pura apariencia. Resulta un hecho incontrovertible. Esto en lo que atañe a los hombres. Y si, como hicimos con los hombres, vamos del exterior al interior, advertimos que, obrando así, la mujer se cree profundamente original. No fue así en tiempos pasados. Pero también podemos encontrar algo semejante en épocas posteriores. Por lo general, el proceso de nivelación uniforma por lo bajo. Lo que iguala es la inserción en la masa, todos a ras del suelo. La pretensión de igualar a los que son desiguales constituye una auténtica injusticia. Donde hay verdadera libertad, afirma, no puede haber total igualdad.

Este es un rasgo propio de la psicología humana. La Revolución francesa trató de institucionalizar esta pretensión igualitaria. Mi divisa es la de los hombres honrados: Trae a colación una fina y profunda observación de Abel Bonnard, escritor francés de comienzos de siglo: Lo propio de una sociedad ordenada, cuyos miembros se nutren en sus raíces naturales, es la unidad en la diversidad y la diversidad en la unidad. Pero todo ello es ahora una caricatura. La unidad se convierte en uniformidad, similitud, copia. La diversidad se convierte en individualismo, dispersión, anarquía.

Y la rebelión brota instintivamente [48]. La modernidad llevó a cabo una siniestra paradoja: La masificación suprimió los deseos individuales porque el super Estado -capitalista o comunista- necesita hombres idénticos. Son tiempos, éstos, en que el hombre se siente a la intemperie metafísica.

Aquella ciencia que los candorosos creían que iba a dar solución a todos los problemas físicos y espirituales del hombre acarreó, en cambio, estos estados gigantescos, con su deshumanización. Con gran satisfacción acabamos de leer un libro recién aparecido del escritor italiano Giovanni Sartori, que lleva por título Homo videns. La sociedad teledirigida [50]. Impresionados por dicha lectura, hemos resuelto dedicar uno de los capítulos del presente ensayo al influjo de la televisión en el hombre de hoy, compendiando las reflexiones del autor.

En adelante pareciera que la vida toda encuentra su centro en la pantalla [52] , y ello en detrimento de la palabra. No que ésta se contraponga necesariamente a la imagen. Si se integraran bien, si la imagen enriqueciera la palabra, se trataría de un, síntesis armoniosa. Pero no es así. Tanto en Italia como en España un adulto de cada dos no lee ni siquiera un libro por año.

Conviene explayarnos en la significación de esta dicotomía. Por ejemplo las palabras nación, justicia, Estado, generosidad. Todo el saber del homo sapiens se desarrolla en el círculo del mundus intelligibilis , hecho de conceptos y de juicios, muy distante del mundus sensibilis , el mundo que perciben nuestros sentidos. Para Cassirer, el idioma, el arte y la religión forman parte del entramado simbólico propio de toda cultura que merezca el nombre de tal. He aquí el cuadro que pintaba René Huyghe, a fines de la década del Son el centro del hombre cuya atención tienen ellas la misión, en la publicidad, de despertar y luego de dirigir.

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Sin embargo no es lo mismo información que conocimiento. Informar es dar noticias. De un solo día. Jean Baudrillard lo dijo no sin ingenio: En vez de aquello de San Juan: Y a veces lo que aparece en la pantalla es todo un fotomontaje. Todo el mundo quedó horrorizado. Non uidi, ergo non est [69]. De hecho, la televisión hace poco menos que imposible la comunión familiar. A principios de , toda Norteamérica se movilizó para salvar a un perro labrador de ser muerto con una inyección.

Pero los encuestadores los interrogan sobre cualquier cosa. La video-elección da origen a la video-política.


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El video-dependiente se conjuga con el sondeo-dependiente. En realidad, ello se ha cumplido. Lo que hoy se ha creado, dice, es una Lumpenintelligentia , un proletariado intelectual, sin ninguna vertebración doctrinal. Aquellos medios, sobre todo la televisión, son administrados por la subcultura, por personas sin cultura. Para Sartori, Vico profetizó el hombre actual. La irrupción de la televisión y la tecnología multimedia es algo inevitable. Pero por el hecho de serlo, no debe aceptarse a ciegas y sin discernimiento.

Las primeras ciudades fueron pequeñas, en estrecha comunión con el paisaje y el campo circundante. Pero, socialmente hablando, despersonalizan por lo anónimo, impidiendo todo verdadero protagonismo humano. Tomaremos de allí algunas reflexiones. Ya en el siglo pasado, Tocqueville había observado este tipo de fenómenos, así como sus negativas consecuencias para la salud del cuerpo social. La conversación se ve sustituida por las charlas. Tampoco se cultiva el género epistolar, tan apreciado hasta no hace mucho.

Creo que de esto todos tenemos experiencia. Una ciudad semejante acabaría por desquiciar del todo al hombre. Ambas opiniones son demasiado parciales y por tanto inadecuadas.

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A ellos nos abocaremos ahora. La economía y el hombre tecnificado. De por sí la técnica no tiene nada de malo. Bien ha escrito Ortega: Una estrecha relación une la técnica y el crecimiento económico. Dicho pensador llama la atención sobre un hecho muy significativo. Sus metas eran otras. De este resorte de índole religiosa, si bien tergiversada, se deriva el increíble despliegue de la técnica, tal como lo ha contemplado el mundo occidental desde los comienzos de la Edad Moderna []. Tal es la primera forma de tentación que la técnica propone al mundo moderno: Nos habíamos olvidado del alma humana [].

Goethe ha dejado sobre esto una frase encomiable: Los hombres de hoy se asemejan a aquel loco que corría a todo lo que daba. Un presente lo detiene: Este mito se ha unido con otro gran mito moderno, el del Superhombre. A este respecto escribe Viktor Frankl: El triunfo del homo faber significa el triunfo del hombre en cuanto fabricador de objetos. No resulta raro que de un ambiente semejante surja la tecnocracia, es decir, el dominio de los hombres a través de la técnica.

Los riesgos que la mecanización trae consigo no son tan graves si se los compara con lo que representa la introducción de técnicas en los problemas humanos. A su juicio, la triple conjunción de democracia, ciencia y planificación, proporcionaría la cobertura ideal para un despotismo adaptado a nuestros tiempos. A estas palabras que Bossuet pone en boca de Dios, podríamos añadir: Perspectivas del proceso económico.

Se nos ha dicho que el desarrollo técnico, cuyo motor es la economía, llevaría al mundo a la felicidad total, que el hombre se volvería demiurgo de sí mismo, se autorredimiría. No fue posible ninguna reacción en su contra, porque cuando se manifestó ya estaba instaurada []. Contrariamente a la prosperidad cuya difusión se esperaba, lo que se ha mundializado es la miseria. O mejor, la técnica ha progresado, pero la gente sufre una gran decadencia económica.

Leemos en Le Monde el 12 de marzo de La mala noticia era que había descendido el desempleo. En Paris Match del 21 de marzo de se informa que aunque a grandes empresas les fue bien y lograron considerables ganancias en , previeron importantes reducciones de personal para Claro que no se trata de suprimirlos: La autora es categórica: Cuando hay elecciones, los candidatos, con hipócrita demagogia, prometen firmemente un retorno milagroso al pleno empleo.

De ese modo, la gente se aquieta, creyendo que se trata de una decadencia pasajera. Se quiere evitar, por medio de la mentira, la desesperación y el descrédito total de los políticos. El trabajo, exaltado en los discursos, se ha convertido en algo superado y arcaico, fuente de pérdidas financieras. Son, simplemente, superfluos, y por ende nocivos. Forrester pronostica el curso favorable que puede ir tomando una nueva palabra: Siempre es peligroso decirlo, no sea que a alguien se le ocurra hacerla real, aunque de hecho ya lo va siendo.

En Inglaterra se usa una expresión original: Como se ve, de la multitud de los seres humanos sólo la de algunos tiene sentido. Por eso cuando votan, lo hacen con total escepticismo. Es este Occidente que mantuvo a la cultura, a la dimensión poético-religiosa de la existencia como un episodio adjetivo…. No quieren heredar el futuro de la tecnología. Llegado el caso, uno sabía ante quién quejarse; era alguien tangible, que hablaba el mismo idioma [].

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Pero hoy esas personas han desaparecido del mapa. Nadie apoya a los condenados. La economía se ha globalizado, en manos del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional y de otros entes, organismos multinacionales, que resuelven lo que cada gobierno debe hacer. En adelante, las naciones son meros municipios de la economía globalizada []. Tal es el cuadro horripilante que nos pinta Viviane Forrester, donde pareciera no existir Dios, por supuesto, pero ni siquiera el hombre. Pasemos a otra caracterización del hombre de nuestro tiempo. Se lo ha calificado como hombre consumista, o de hombre que integra una sociedad de consumo.

La calificación proviene del vocabulario empleado por los comunistas, pero si la liberamos de este pecado original, creemos que puede resultar esclarecedora. Recordemos aquello de Tocqueville cuando desde el siglo pasado predecía lo que a su juicio sería el hombre y la sociedad del siglo XX, un hombre de escasa estatura espiritual, decía, siempre en busca de utilidades y de pequeños intereses, bajo un Estado de apariencias paternales pero en el fondo totalitario.

Esta peculiaridad del hombre moderno se anuda con la anterior, que nos permitía calificarlo de homo oeconomicus. Por ello trataremos el presente tema en continuidad con aquél. Un autor protestante, Werner Sombart, ha descrito de manera magistral los rasgos del primero []. Lo que preocupa y absorbe a todo hombre de negocios, lo que llena su vida y da sentido a su actividad, es el interés por su empresa. Sombart trae a colación un texto del político Walter Rathenau: La empresa es para él como un ser de carne y hueso que, gracias a su contabilidad, organización y tratos comerciales, lleva una existencia económica independiente.

El hombre de negocios no sabe de otro anhelo, no conoce otra preocupación que la de ver este negocio suyo crecer, hasta convertirse en un organismo floreciente, fuerte y próspero []. La mayoría de los empresarios no conciben otra aspiración que la de ampliar el negocio. Si se les pregunta qué objeto tienen en realidad todos esos afanes, le miran a uno boquiabierto y replican, algo irritados, que eso no necesita explicación, que lo requiere el desarrollo de la vida económica, que lo exige el progreso. El niño posee cuatro ideales que dirigen su vida. Así es también la valoración cuantitativa, tan propia del empresario.

El concepto de record llega a los negocios. La tercera afición del niño es la novedad; el niño se cansa pronto de sus juguetes, y tira uno para tomar otro. También al empresario de nuestro tiempo le atrae lo nuevo justamente por ser nuevo, inédito. Finalmente el niño busca sentir que tiene poder, y por eso da órdenes a sus hermanos menores u obliga al perro a hacer piruetas. El anhelo de poder es la cuarta tendencia del hombre de negocios. Como se ve, el empresario moderno, polarizado en su negocio, tiene una tesitura mental que lo asemeja a los niños.

Hay en él cierto infantilismo. No todos los empresarios, por cierto, ya que los hay verdaderamente ejemplares, pero sí la mayor parte de ellos, se dedican febrilmente a su actividad hasta el límite de las posibilidades humanas. Todos y cada uno de los momentos del día, del año, de la vida, todas las aspiraciones del espíritu, todas las preocupaciones y anhelos se consagran a una sola cosa: Un exceso tal de actividad acaba por destruir el cuerpo y corromper el alma.

Recuerdo aquí lo que no hace mucho me contaron de un hombre que vivía pendiente de los vaivenes de la Bolsa. Se encontraba ya a punto de morir. Sus ojos estaban cerrados. Dejemos, ahora, la figura del empresario, cara activa del espíritu consumista, y vayamos a la otra parte de la moneda: En este sentido, la idea que tienen los marxistas no les pertenece en exclusividad, sino que es una forma mentis difundida en todo el mundo.

Sciacca ha precisado la diferencia que media entre los valores económicos y los valores espirituales. Por el contrario, los valores económicos, dinero o cosas, se intercambian, se usan y se consumen. Ello significa que pueden ser comprados o vendidos. Nadie, en cambio, puede comprar o vender los valores espirituales, ya que no son mercadería.

Ello no quiere decir que los bienes materiales sean despreciables. Su compra y su venta implican un justo precio, y el justo precio se establece en base a criterios morales, por lo que los intercambios económicos pueden ser un acto de justicia. Por eso sería erróneo denigrar, en nombre de un espiritualismo abstracto, los valores económicos. Muchos valores espirituales se encarnan en valores económicos, los penetran y les dan un significado que sobrepasa su economicidad.

Con todo sería también erróneo sobrevalorar, en nombre de un materialismo obtuso, los valores económicos, que es lo que hoy sucede por lo general. Asimismo lo sería poner las dos categorías de valores en el mismo plano. De los valores económicos se hace uso, de los espirituales se disfruta. Las primeras son un medio, se consumen; las otras, disfrutando de ellas, se acrecientan [].

Pero el hombre consumista no establece tales distinciones. Para él sólo cuentan los bienes terrenos, las cosas perecederas, como si fuesen definitivas. Repleto de objetos, el hombre se siente vacío.

El hombre moderno: ¿cómo es? | eDarling

Al revés de lo que decía San Pablo: Cada civilización ofrece una visión propia del hombre, por la cual puede ser juzgada. Así las civilizaciones del pasado tuvieron sus aristocracias en quienes se encarnaba un determinado ideal humano. Se reconocían determinados arquetipos, se trataba de limitarlos, y hasta se señalaban los caminos adecuados para concretar dicha imitación. El ideal, el paradigma que se asignaban, era el que seleccionaba los medios.

Ya no es el fin el que hace surgir los medíos. Los mismos medios se han convertido en fin. Para los hombres tradicionales la riqueza no podía ser sino lo que hacía a veces viable un esfuerzo creador. Sólo la sociedad actual ha exaltado la figura del hombre consumista, cuyo logro final se realiza aquí en la tierra. Bien ha hecho Héctor Padrón al señalar la entraña metafísica del consumismo: Es lo propio del hombre apasionado: La propaganda moderna ha comprendido cabalmente esta función mutilante de la pasión cuando se desorbita. Sus modelos son los que han triunfado económicamente, gente llena de cosas, pero a la intemperie metafísica.

A fomentar ese espíritu consumista se abocan los que dirigen la televisión, creando necesidades, con frecuencia ficticias, y elaborando casi todo el horizonte de anhelos del televidente. Hemos tratado ya del influjo de la televisión en la formación del hombre moderno. Esta hipertrofia se acompaña con una especie de bloqueo de las facultades rumiadoras y digestivas del espíritu [].

Esto lo saben todos, tanto las agencias de publicidad como los que miran la televisión. Nadie parece molestarse por ello. Y lo que sucede con la publicidad comercial acontece asimismo en la política, como lo hemos señalado anteriormente. También en este campo el debate se realiza de tal manera que ninguna reflexión individual profunda resulta posible. Los dueños de la publicidad no hacen sino aplicar a su candidato las reglas del marketing publicitario. Y así se va formando una masa sometida al embrutecimiento cotidiano de los media, acostumbrada a reaccionar pasionalmente, sin el menor espíritu crítico, plenamente sumisa a todo tipo de manipulaciones.

Se pretende expresar y seguir la opinión de la mayoría, cuando en realidad ella ha sido fabricada por los media. El telemando trata de saciar su avidez, también ella consumista, de sensaciones. Que nada se escape, que todo se posea a la vez. Ver mucha televisión produce hombres robotizados, pasivos, acríticos, aptos para ser manipulados por las propagandas consumísticas. El telespectador, vuelto un zombi, bloqueado por el aluvión de ofrecimientos, es impelido a decir, como un niño pequeño: La televisión es sumamente apta para domesticar a los que se pasan horas delante de ella. Descubriendo los reflejos condicionados por sus experiencias sobre los perros, Pavlov suministró, de hecho, valiosas armas al materialismo vulgar, que entendería al hombre como un montaje de reflejos condicionados.

El hombre consumista es un hombre inquieto. Así es el hombre de hoy: Cerremos este apartado con un notable texto de Alexandr Solzhenitzyn, que tiene en cuenta diversos aspectos de la crisis del hombre moderno: Desde hace muchísimo tiempo, mentes preclaras han comprendido que la posesión no era un fin en sí misma, que debía estar subordinada a principios superiores, tener una justificación espiritual, una misión precisa: Los avances tecnológicos han abierto de par en par las puertas del mundo.

Gracias a Dios, el hombre moderno puede hacer cualquier cosa, excepto escapar a sus propios límites: Y así, nuestra cultura se empobrece poco a poco. La sobreabundancia deja en el corazón una lacerante tristeza, del mismo modo que nadie experimenta calma alguna al arrojarse a un torbellino de placeres sino, enseguida, una sensación de agobio. No, imposible confiar todas las esperanzas a la ciencia, la tecnología, el crecimiento económico. La victoria de la civilización científica y técnica nos ha inculcarlo una especie de inseguridad espiritual. Sus dones nos enriquecen, pero nos someten también a la esclavitud.

Junto con la actitud consumista, el hombre moderno se caracteriza por una pronunciada tendencia al hedonismo. Esta palabra viene del griego, edoné , que significa placer. Interpretada rigurosamente, la moral del hedonismo presupone la superioridad del placer físico sobre el moral, y el principio del egoísmo, mi placer sobre todo.

No importa lo que la moral diga de cada acto; lo importante es el placer que en ellos pueda encontrarse. Resulta evidente que el hombre de nuestro tiempo parece abocado a satisfacer febrilmente su ansia de placeres, sean ellos honestos o no. De ahí brota ese hombre frívolo, que tanto conocemos, impermeable a todo lo que sea espiritual o incluso cultural. Marcel de Corte ha contrastado dicha actitud con la del hombre tradicional. Cuando la moral era reconocida socialmente, traduciéndose en costumbres sanas, fundadas en el deber cotidiano, el atractivo del placer y el temor del dolor, que se experimentaban, por cierto, como en todas las épocas, no determinaban el comportamiento de la gente, y si en algunos casos ello sucedía, era considerado como una falencia del que así se comportaba.

Tampoco lo hacía coaccionado desde afuera, sino con cierta espontaneidad. Tal comportamiento lo había heredado de sus padres y abuelos, pero él lo hacia suyo, voluntariamente. Era simplemente, su coronamiento y su aureola. Ahora las cosas no son así. En este tiempo, donde el trabajo ha perdido su sentido humanizante, la gente no busca sino el placer.

El sufrimiento aparece con todas las características de un agresor, carente totalmente de significación. Coincidiendo con lo que acabamos de decir, señala de Corte que el hombre decadente necesita un placer inmediato, que invada todo el campo de su sensibilidad. Allí donde el fin deseado exige un esfuerzo, el placer no surge sino al término de la acción, a título secundario y como complementario de ésta.

Resulta curioso, pero al tiempo que se divinizaron las formas oscuras del psiquismo, como si en ellas persistiesen tendencias primitivas o instintos que habían animado a los antepasados de la prehistoria, se despreciaron los mecanismos de represión, por los que esos mismos antecesores habían encontrado los medios de moderar aquellos instintos y tendencias.

Una canción actual dice: Un amor así entendido considera a la mujer como mero objeto de placer, que se usa y se tira, material de descarte. En esta materia se ha llegado hasta la saturación. Un síntoma de este desenfreno hedonístico lo constituye la erradicación social del pudor, que es la atmósfera protectora del sexo. Ante todo en la vivienda. El hecho de la vivienda es un hecho bien humano. Tampoco para defenderse de la lluvia o de los animales. Los hombres construyen casas para proteger su intimidad. La casa es la propia intimidad, el lugar íntimo, y si se invita a un amigo, se lo invita a compartir dicha intimidad, a reunir varias intimidades.

Tampoco éste se justifica como una manera de defenderse del frío. De ahí el celo que muestra el marido o el novio por la decencia en el vestir de su esposa o de su novia. Pues bien, nuestra época se caracteriza por la creciente desaparición del pudor en todos sus niveles. La gente no se entrega, se abandona. Los rasgos típicos de la sociedad actual que hemos ido analizando, la masificación, el desarraigo, el igualitarismo, la falta de interioridad, etc.

Es cierto que actualmente el hombre sufre mucho, a veces como consecuencia de sus propios defectos, sufre soledad, problemas económicos, aburrimientos y angustias. El hombre que se retira de su trabajo poco menos que robotizado, siente la atracción vertiginosa del goce. Y así la protección del vestido o la cobertura de la vivienda pierden totalmente su sentido. Tras afirmar que la supresión del pudor, que implica la supresión de la intimidad, es un signo de nuestro tiempo, agrega que en tal situación el ateísmo se vuelve inevitable, porque el encuentro con Dios sólo se puede realizar en el centro mismo de la intimidad personal [].

Resulta inocultable la satisfacción con que algunos medios se detienen morosamente en revolver las presuntas lacras de algunos sacerdotes y obispos, así como su gusto cuando, en un arrebato de necropornografía, atribuyen homosexualidad a grandes políticos y artistas de tiempos pasados. Todos somos iguales, igualmente corruptos. Ello constituye un eficaz aliciente a las corrientes hedonistas hoy imperantes.

Los fines de semana se convierten en un período de evasión de las preocupaciones presentes y futuras, con la consiguiente sumersión en los placeres que embotan el espíritu. Se compra el olvido con el alcohol, el ruido, el placer sexual, buen pasto de cultivo para la drogadicción. La civilización del goce es la muerte de los rostros [].


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Ya que hemos perdido este prestigioso tren del desarrollo, en lugar de soñar con él meditemos que nos salvamos de las peores calamidades que esperan a la humanidad. Otra de las notas del hombre moderno es el relativismo. Caracterízase esta tendencia por una interpretación muy peculiar del concepto de verdad. Por cierto que ésta, que no es sino la conformidad de la inteligencia con el objeto considerado, implica, sin duda y esencialmente, una inobviable relación, y en este sentido se puede decir que la verdad es relativa.

Pero el relativismo afirma algo diferente al considerar que la norma de la verdad no es el objeto acerca de] cual se emite un juicio, sino otras cosas, por ejemplo, la psicología del sujeto, lo que se afirma en el ambiente, las condiciones culturales de una sociedad. Con ello el relativismo rechaza la validez universal de la verdad. Tal es el relativismo en sentido estricto. Son sentimientos, o complejos, o actitudes, producidos en una comunidad por la presión de su ambiente y de sus tradiciones, y difieren de una comunidad a otra. Existe también un relativismo en el campo de los valores, y es cuando se atribuye a éstos una validez relativa, es decir, que sólo tienen importancia para un hombre, raza o tiempo determinados.

El relativismo no es de fresca data. Ya hay de ello antecedentes en el antiguo pensamiento griego, por ejemplo entre los estoicos. Una figura clave es Hume, quien exhortaba a acometer una grave revolución en el campo de la ética. Para responder a ello, distingue cuatro clases de cualidades valiosas: Lo que es inteligible solicita sólo la fría aprobación del entendimiento. Lo que es bueno, en cambio, toma posición del corazón, y nos mueve a abrazarlo.

Se ha dicho que la exaltación del instinto, la inclinación natural, el sentimiento, los intereses, lo material, todo ello en oposición a la razón, es muy propio de los pensadores ingleses, pero sobre todo de Hume.

Nos hemos detenido un tanto en este autor, porque su influjo en la historia posterior del pensamiento ha sido notable. También es importante en este sentido el pensamiento de Herder. No son éstos valores ideales, sino que tienen origen en el espacio y en el tiempo, son locales. Sólo hay valores regionales. Sócrates es un ateniense del siglo V antes de Cristo; para valorarlo como corresponde, hay que compararlo con sus compatriotas y los hombres de su tiempo, no con un hombre ideal, ni con Spinoza o Kant. La Biblia es una expresión poética del alma hebraica; hay que valorarla en su contexto. En el actual relativismo han influido diversas corrientes de pensamiento.

Asimismo el fideísmo, o sea, el hecho de creer porque se cree, sin basamento alguno en lo que diga la razón. Para Eucken, también neokantiano, la verdad es hija del tiempo. De este modo, al menos implícitamente, se niega la validez perenne de la verdad.

Resulta interesante advertir cómo el Papa incluye entre estas corrientes el democratismo liberal: No pensaban así los artistas de antaño. Como ha escrito A. La operación es un rito, el celebrante ni intencional ni siquiera conscientemente se expresa a sí mismo []. Así, el relativismo doctrinal puede provenir del resentimiento contra las ideas consagradas por la tradición. Si se aceptara que la verdad es permanente e invariable habría que hacer un esfuerzo de reforma personal para adecuarse a la misma.

Dios, la verdadera libertad, la fidelidad conyugal, la misericordia con el prójimo, la patria, etc. El hombre moderno ha inaugurado la época de la devaluación generalizada. Hemos tratado de exponer las raíces históricas del relativismo y sus razones, llegando a lo que sucede en nuestro tiempo. El hecho es que tras la renuncia a una tabla de valores y de doctrinas permanentes e inalienables, tras la renuncia a los dogmas sobrenaturales y a las verdades naturales, el relativismo, con una sonrisa de escepticismo en los labios, anuncia la supervivencia de un solo absoluto: Allan Bloom, en un estudio sobre la decadencia de las humanidades en los Estados Unidos, nos informa: Todo es traficable en el supermercado de las verdades.

El relativismo se muestra así como el nuevo código ético, el código hoy imperante. Todo puede ser, alternativamente, positivo o negativo. No existe nada absoluto. Se ha dicho que nuestra época es la época de la incertidumbre. En tiempos anteriores el hombre se preguntaba: Pero en estos tiempos la pregunta es otra: Algo es verdadero si hay consenso acerca de ello. Es decir que se hace depender la verdad de la convergencia de opiniones.

Sólo le queda intentar un nuevo experimento: Ya no hay fidelidades permanentes. Todo es revertible, revisable, rescindible. La victoria del relativismo trae consigo el imperio de la mediocridad.

8 Razones por las cuales los hombres modernos frecuentemente se quedan solos

Ernest Hello nos ha dejado una descripción pormenorizada del hombre mediocre: Otra expresión del hombre de hoy es su tendencia a la informalidad. Analizaré este tema sobre todo en base a las interesantes reflexiones de André Piettre, en su libro Carta a los revolucionarios bien- pensantes []. El subtítulo de dicha obra es: Comienza el autor por ceder la palabra a los jóvenes inconformistas para que expresen, en forma a veces cruel, su denuncia de la sociedad actual.

Estamos hartos de vuestras formas, de vuestras maneras. No contestaremos las cartas. Pondremos los pies en la mesa. Si nos da la gana, bailaremos ante el altar, como David. A estos objetores dedica Piettre su libro: Estos inconformistas no son tan originales como se creen. Pero las formas no sólo expresan el fondo, sino que lo enmarcan. Y ello no queda impune. Porque la vulgaridad en los modales acaba por hacer vulgar el corazón y la inteligencia. Una ciudad que se abandona en sus modales, como la nuestra, es una ciudad gravemente enferma. De ahí la contundente afirmación de Piettre: Ese pecado ya existía, pero era inconsciente.

Hoy se lo comete voluntariamente. Es cierto que a veces tras las viejas formas atildadas se escondía un gran vacío. Los vestidos les pesan; vuelven a los harapos. Su ideal es el igualitarismo, de que hemos hablado. Si una persona ama sólo a otra y es indiferente al resto de sus semejantes, su amor no es amor, sino una relación simbiótica o un egotismo ampliado. El lema publicitario es distinto nos demuestra esa patética necesidad de diferencia, cuando, en realidad, casi no existe ninguna.

En realidad, lo que para la mayoría de la gente de nuestra cultura equivale a digno de ser amado es, en esencia, una mezcla de popularidad y sex-appeal. La envidia, los celos, la ambición, todo tipo de avidez, son pasiones: En lo que toca específicamente al amor, eso significa: La avaricia es un pozo sin fondo que agota a la persona en un esfuerzo interminable por satisfacer la necesidad sin alcanzar nunca la satisfacción.

En la esfera de las cosas materiales, dar significa ser rico. No es rico el que tiene mucho, sino el que da mucho. Mientras tememos conscientemente no ser amados, el temor real, aunque habitualmente inconsciente, es el de amar. En el acto mismo de dar, experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Desde luego, para hacerse ricos y famosos, los individuos deben mostrarse muy activos en el sentido de estar ocupados, pero no en el sentido de nacer dentro de sí mismos.

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